Sunday, August 28, 2011

 

Al servicio del ciudadano






Esto es lo que les sucedió a unos amigos míos al volver de sus vacaciones, juzguen ustedes mismos.
Hubiera parecido un sueño realizar un viaje de casi seis horas desde Cádiz hasta Almería, con parada en Antequera, sin ningún incidente y, para nuestra sorpresa, justo cuando ya veíamos el balcón de casa desde el coche, tuvo lugar.
Después de una semana fuera, regresábamos a la una y media de la madrugada de lunes 22 al martes 23 de agosto, cargados de bolsas y maletas -yo aún envuelta en la toalla de playa - sin reparar en el hecho de que nuestro edificio, como otros tantos de la Goleta y la Vega de Acá, ya habría sido fagocitado por el monstruo de la Feria.
Llegamos a un primer control atendido por un aparcacoches perfectamente uniformado y éste ya nos informó de que sólo flanquearíamos el cordón policial si mostrábamos una credencial que, según nos dijo, se había enviado días atrás a todos los vecinos. Lógicamente, la credencial la habrían metido por debajo de la puerta de casa, estaría en el buzón o la tendría el presidente del bloque, pero por culpa de ese cordón policial, nosotros no podíamos acceder al edificio.
Sorteando las cada vez más nutridas riadas de coches y personas tratamos de llegar a casa a través de otro control, en la rotonda junto al Pabellón de Deportes de los Juegos del Mediterráneo, y ahí fue donde se fastidió el viaje. Consciente de que no teníamos la imprescindible acreditación, me bajé del coche y amablemente expliqué la situación a un agente de Policía Local. Considérenme una ingenua, pero formo parte de ese grupo de personas que apenas vio de reojo la dictadura y que, inevitablemente, mira los estamentos policiales como elementos imprescindibles para garantizar la convivencia en una sociedad democrática; ciudadanos de a pie que cuando ven a un legionario lo imaginan en Kosovo construyendo un puente, en Haití rescatando a un niño entre las ruinas de un edificio o jugando al fútbol con un grupo de adolescentes en Afganistán.
Convencida de que él nos ayudaría, le mostré mi DNI para que pudiera comprobar que mi domicilio y la calle a la intentábamos acceder era la misma. Sin embargo, para nuestra sorpresa, ese trabajador del Ayuntamiento de Almería, lejos de ayudarnos, descargó sobre nosotros el malhumor acumulado dios sabe durante cuantos días y optó por poner a prueba nuestros nervios. Desde la arrogancia de su empleo fijo con cuatro pago extras, la petulancia de su moto policial y la impertinencia de su gorra de plato, pretendía que a la una y media de la madrugada llamáramos por teléfono al presidente de nuestra comunidad para pedirle la dichosa acreditación o bien que aparcáramos convenientemente el coche –ojo, cargado de maletas y en el entorno del recinto ferial- y lleváramos nuestro equipaje a peso varios kilómetros para llegar a casa. Fue inútil buscar la indulgencia del otro agente que lo acompañaba, ni de los dos aparcacoches que se encontraban junto a él. Nadie osaría contradecirlo y mucho menos después de que nos amenazara con pasar la noche en el cuartelillo cuando le solicitamos que se identificara.
Créanme que la primera sorprendida fui yo, pues tengo amigos en distintos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y en la Policía Local, personas con una capacidad de entrega casi infinita a quienes estos sujetos insultan con su comportamiento.
Les confieso que fue difícil aguantar el chaparrón sin que se nos notaran las ganas de escupirle a la cara, pero aún no sé cómo conseguimos autocontrolarnos, zafarnos de este individuo y sus secuaces, montarnos nuevamente en el coche y buscar un último control policial. Por suerte, este nudo de tráfico estaba atendido por un joven de una empresa de seguridad que amablemente abrió la verja y nos informó de que la acreditación estaría con toda probabilidad en el buzón de casa y que si no la encontrábamos no dudáramos en llamar al día siguiente al administrador de la finca para que nos la diera. Y que no era una, sino dos.
Tardamos varias horas en serenarnos y, apostados en la ventana, con el rumor del gigante ferial en todo su esplendor, tratamos de discernir por qué se había producido aquel desafortunado incidente, si, como cabe imaginar, la Policía Local está para ayudar a los ciudadanos no para amedrentarlos. Habría cabido esperar un comportamiento así del aparcacoches, del vigilante de la empresa privada, en definitiva, de cualquier persona a la que no se le exigieran los valores de entrega y respeto a la ciudadanía que se supone deben imperar en el día a día de un representante institucional, en este caso, de un agente de Policía Local y su Ayuntamiento. ¿Abuso de autoridad o estupidez? Juzguen ustedes mismos.

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